Ser cristiano es más que identificarse con una religión en particular ó afirmar cierto sistema de valores. Ser cristiano quiere decir que esa persona ha nacido de nuevo (Juan 3:1-15) y está comprometida con lo que la Biblia dice acerca de Dios, la humanidad, y la salvación, y considera fundamentales las siguientes verdades halladas en la Escritura:

Dios es el Creador soberano. Fuimos creados por un Dios personal para amarlo, servirlo y disfrutar una comunión eterna con El. El Nuevo Testamento revela que Jesús mismo fue quien creó todo (Juan 1:3; Colosenses 1:16). Por tanto, Dios es dueño y tiene autoridad sobre todo (Salmo 103:19). Eso quiere decir que tiene autoridad sobre nuestras vidas y le debemos devoción absoluta, obediencia, y adoración.

Dios es Santo. Dios es absoluta y perfectamente santo (Isaías 6:3), por tanto El no puede cometer o aprobar el mal (Santiago 1:13). Dios también requiere que nosotros seamos santos (1 Pedro 1:16).

La humanidad es pecaminosa. De acuerdo a la Escritura, todo ser humano es culpable de pecado: “No hay hombre que no peque” (1 Reyes 8:46). Eso no quiere decir que somos incapaces de llevar a cabo actos de bondad humana. Pero somos absolutamente incapaces de entender, amar, o agradar a Dios por nosotros mismos (Romanos 3:10–12).

El pecado demanda un castigo. La santidad y justicia de Dios demandan que todo pecado se castigue con la muerte: “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). Esa es la razón por la que cambiar únicamente nuestros patrones de conducta, no puede resolver nuestro problema de pecado ó eliminar sus consecuencias.

Jesús es Señor y Salvador. El Nuevo Testamento revela que Jesús mismo fue quien creó todo (Colosenses 1:16). Por lo tanto, El también es dueño y tiene autoridad sobre todo (Salmo 103:19). Eso quiere decir que tiene autoridad sobre nuestras vidas y le debemos devoción absoluta, obediencia, y adoración. Romanos 10:9 dice, “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” Aunque la justicia de Dios demanda la muerte por el pecado, su amor ha provisto un Salvador, quien pagó el precio y murió por los pecadores: “…Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). La muerte de Cristo cumplió el requisito que la justicia de Dios demanda y de esta manera, hizo posible que Dios perdonara y salvara a aquellos que creen en El (Romanos 3:26).

La naturaleza de la fe salvadora. La verdadera fe siempre está acompañada de arrepentimiento del pecado. El arrepentimiento es más que simplemente sentirnos mal por el pecado. Es estar de acuerdo con Dios en que eres pecador, confesar tus pecados a El, y tomar una decisión consciente de dejar el pecado (Lucas 13:3,5) y seguir a Cristo (Mateo 11:28–30; Juan 17:3) y la obediencia a El (1 Juan 2:3).

No es suficiente creer ciertos hechos de Cristo. Hasta Satanás y sus demonios creen en el Dios verdadero (Santiago 2:19), pero no lo aman ni lo obedecen. La verdadera fe salvadora siempre responde en obediencia (Efesios 2:10).